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Cuando una joven se siente interpelada por Dios en su elección de vida, surgen muchas preguntas. Siempre es así. Queremos saberlo todo. Tanto para nosotras como para explicar a los demás nuestra opción de vida. Siempre es difícil, quizá imposible, determinar el momento en que Dios invita a sí a aquella alma, por medio de lo que llamamos "vocación".
Es sobre todo difícil porque el momento en que Dios se hace presente en el alma, llamándola de modo preciso y personal, permanece siempre un secreto confiado a la misma alma; es difícil también porque el llamado de Dios, en la mayoría de las veces, no sucede de improviso, sino gradualmente, a través de una lenta acción de la gracia, que invade el alma, a fin de que pueda reconocer la voz de aquel que la llama.
En todo caso, el nacimiento de una vocación, ya sea que el alma esté consciente o no, implica siempre un cambio de vida: la vocación produce siempre una "conversión" (es precisamente este el término que nuestra Madre Santa Clara usó para indicar el momento en el cual ella dejó el mundo para seguir a Cristo). No siempre ese cambio de vida es nítido exteriormente, sobre todo en los casos en que la persona llamada jamás estuvo lejos de Dios.
Una vez percibida la invitación de Dios, aunque la vida parezca continuar inalterada, cambia el sentido interior de los actos: lo que se hacía para conseguir determinados objetivos ahora se hace solamente para adherir a la voluntad de Dios. Ciertamente el deseo de soledad que acompaña el inicio de la vocación contemplativa, como suele suceder, es la necesidad de un silencio en el cual la voz de Dios, que llega hasta el alma, pueda ser escuchada más nítidamente, entendida en su significado más auténtico y disfrutada en su dulzura. La propia Santa Clara demuestra que es realmente así: cuando la familia está reunida y conversando, ella participa animadamente, pero un solo es su asunto, de una sola cosa parece saber hablar: de Dios y de las cosas de Dios, porque no pensaba en otra cosa.
"Clara, la primera plantita de Francisco", Ir. Chiara Augusta Lainati, OSC.
"La formación de la persona consagrada es un itinerario que debe llevar a la configuración con el Señor Jesús y a la asimilación de sus sentimientos en su oblación total al Padre."
Al entrar en contacto con nosotras, la joven pasa por un tiempo de discernimiento mediante visitas al monasterio, a fin de adquirir un conocimiento básico de la esencia y las exigencias de nuestra vida. Todo esto en un acompañamiento conjunto con la comunidad, que la ayuda a discernir la voluntad de Dios.
Hecha la solicitud de ingreso y obtenido el consentimiento de las hermanas, la joven inicia el aspirantado, siendo este, en primer lugar, fuera de la clausura, sin el uso del velo.
Tras cierto período, inicia su experiencia en la clausura y, para ello, recibe el velo. Es insertada en el ritmo de la comunidad y en la convivencia fraterna de las hermanas.
Esta etapa dura un año; en el primer año, después de cada semestre, la joven visita a su familia.
Pasando al postulantado, la joven, ya introducida en los santos costumbres, adentra la espiritualidad propia de nuestra Orden con un mayor conocimiento de nuestros Seráficos Fundadores. Este período dura dos años.
Optando por proseguir el camino, la postulante hace la solicitud de admisión al noviciado. Obtenido el consentimiento de las hermanas, en una ceremonia tradicional bellísima, la joven, vestida de novia, tiene el cabello tonsurado por la abadesa.
La novicia recibe un nombre religioso y las vestiduras de la Orden: el velo blanco, señal de la pureza de corazón; la pala, toca blanca que cubre parte del rostro y el busto, señal de la mortificación de los sentidos y del corazón; el santo hábito, cosido en forma de cruz, que significa la configuración con Cristo crucificado; la cuerda franciscana, que nos recuerda que somos peregrinas y forasteras en este mundo, y es señal de nuestro deseo de unión con el Señor; la Corona Seráfica, un rosario de siete decenas, en el cual meditamos las siete alegrías de María Santísima; y, por último, la capa, señal de la presencia oculta de Cristo en nosotras, sus templos.
Esta etapa tiene dos años y medio de duración y está toda imbuida de un discernimiento más profundo y una preparación directa para la emisión de los santos votos.
Recibida la aprobación de la comunidad, durante la Santa Misa, la novicia hace los votos de vivir en pobreza, castidad, obediencia y clausura por tres años y cambia el velo blanco por el negro, señal de la muerte al mundo y de la vida entregada al Señor y al servicio de la Santa Iglesia. Tras el término de los tres primeros años, la joven profesa renueva los votos por dos más, durando esta etapa cinco años.
Tras este largo tiempo de discernimiento y preparación, estando decidida a vivir hasta la muerte en la Santa Orden y observar la Santa Regla, confiando no en las propias fuerzas sino en la gracia de Dios, hace así su Profesión Solemne de Votos Perpetuos durante la Santa Misa, en una celebración de profundo significado. En ella la hermana recibe la corona de espinas sobre la cabeza y el anillo nupcial que usará constantemente, pues es ahora, verdaderamente, esposa de Cristo… no por sus méritos, sino por un designio insondable del amor de Dios.